Amar a unos y comer a otros

¿Por qué nos genera tal rechazo la idea de comer perro, pero nos parece apetitoso comer un bife de chorizo? ¿Cómo podemos sentirnos tan indignados por la caza de ballenas, sin dejar de disfrutar de un pollo con patatas fritas?

¿Por qué ni siquiera nos planteamos estas preguntas? ¿Por qué algunos animales parecen merecer nuestra preocupación y consideración y otros, mucho menos? ¿Por qué tantas personas nos las hemos arreglado para comer tanta carne, y a la vez, defender tan fácilmente la vida de un perro o un gato?

La manera en que consumimos carne se está convirtiendo en un grave problema. La industria de la carne tiene secuelas significativas para la Tierra, en comparación con otros alimentos mucho menos costosos para el planeta. La industria de la carne, por citar algunos datos, representa el 18% del total de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y es la principal responsable de la deforestación de bosques y selvas a nivel mundial (FAO, 2006). Pero a medida que la población humana va creciendo en número, y mientras aumentan cifras del PIB, el consumo de carne tiende a ir, cada vez, en aumento. En países donde la carne fue, alguna vez, un alimento de cierto lujo, ahora es el componente central de muchos platos.

Y la forma en que producimos la carne entra en serio conflicto con nuestro amor por otros animales. Para atender a la demanda de carne, la producción industrial es cada vez más cruel. Buscando obtener la mayor cantidad de leche, carne y huevos, de la forma más rápida y barata posible, vacas, terneros, cerdos, gallinas, pavos, patos, gansos, conejos y otros animales, subsisten encerrados permanentemente en jaulas de alambre y metal, sin poder siquiera voltearse. Alimentados con hormonas, medicados y alterados genéticamente, los animales permanecen inmovilizados y hacinados para engordar rápidamente y cumplir en pocos meses la talla/peso que los vuelva aptos para “consumo humano”. Luego, les espera un tortuoso viaje al matadero, y de ahí, a nuestra mesa.

La paradoja de la carne

Todos sabemos de dónde viene la carne, y cada vez más personas están conociendo qué hay detrás de esta industria cruel y voraz para el planeta. Pero la seguimos consumiendo. ¿Qué tan destructiva tiene que ser una preferencia culinaria para que nos decidimos a comer otra cosa? ¿Cómo seguimos comiendo carne?

Mientras la mayoría de la gente disfruta de la compañía de animales y en países como Argentina y Chile más del 70% de los hogares acoge a algún animal (Millward Brown, 2011); al mismo tiempo, el consumo de carne de otros animales es cosa habitual. Es decir, amamos a unos, pero comemos a otros. Esta contradicción es lo que investigadores en Psicología Social han denominado  la “paradoja de la carne” (Bastian, Loughnan, Haslam & Radke, 2011).

Comer algunos animales (y no otros), genera una disonancia cognitiva, es decir, un desajuste y tensión entre lo que hacemos, pensamos y/o sentimos (Festinger, 1961). Para aliviar esa tensión, necesitamos una excusa, y entonces, elaboramos la creencia de que los animales usados para consumo (a diferencia de los animales de compañía) carecen de facultades mentales, por lo tanto, no pueden pensar o ser conscientes de su dolor o vivir estrés. De esa manera, estos animales realmente no sufren y sería éticamente admisible su consumo.

¿Por qué nos indignó la noticia del consumo de perro y no nos inmutamos por alimentarnos de una vaca? ¿Cómo somos capaces de cuidar y amar a unos y, sin remordimiento, comer a otros? Simplemente, no hacemos la conexión. Olvidamos el vínculo entre la carne y los animales. No pensamos en lo que ocurre con la carne antes de llegar a nuestra mesa, o las calidades de vida de los animales de los que se extrae. Y esta separación no es cosa tan difícil, pues estamos acostumbrados a ver carne por todas partes -restaurantes, supermercado, tiendas- pero rara vez tenemos contacto con esos animales en vida. Es más tranquilizador, para nuestra conciencia, conformarnos con la imagen bucólica de los animales que ilustran las cajas de leche.

Negamos la masacre, la sangre y el sufrimiento. Y en eso, nos ayuda el lenguaje. La misma palabra “carne” reprime a un Otro: oculta y niega a un ser vivo. Con “filete”, “chuleta” o “bife”, el animal pierde identidad: se vuelve invisible y anónimo. Deja de ser un ser vivo para convertirse en una cosa. No vemos el cuchillo y la sangre, no oímos los gritos de terror y dolor, y nos resistimos a entender lo que significa para un animal no querer morir (Iacub, 2011). Carol J. Adams (1991) habló del “referente ausente” para aludir a la separación del consumidor de la carne del animal y al animal del producto final. La función del referente ausente es mantener nuestra “carne” separada de la idea de que ésta fue alguna vez un animal, evitar que ese ser sea visto como alguien, como un ser con consciencia. Así, se puede comer jamón (carne de cerdo) o un chuletón (carne de vaca) sin pensar en los cerdos ni en las vacas.

Samuel, ternero rescatado de la industria lechera por el Santuario Gaia.

Samuel, ternero rescatado de la industria lechera por el Santuario Gaia.

“Hay animales que son para comer”

Pero olvidarse de dónde proviene la carne no siempre es posible. Incluso, al ir a comprar carne, es fácil que nos encontremos con imágenes de vacas para publicitar la parte del animal que estamos comprando. Pero aún con estos recordatorios, no nos cuestionamos mucho más cómo llegó esa carne a nuestras manos.

Tenemos que resolver la paradoja. Y para eso, nos contamos historias. Las más comunes son las de (i) la necesidad de comer carne (Plous, 1993) y (ii) la degradación de los animales. Para ser aceptable, la muerte del animal debe parecer ante nuestros ojos como un hecho  inevitable por ser “necesaria” para nuestra salud y supervivencia. Abundan los discursos populares de que “necesitamos comer carne para vivir”,  “comer carne te hace fuerte”, “si no comes carne, te vas a enfermar ” o “comer carne es natural”.

La segunda salida es degradar a los animales(1) y tranquilizarnos  pensando que, después de todo, la naturaleza es cruel (Iacub, 2011). Cuestionamos que los animales tengan inteligencia y capacidad de pensar, y desde allí, negamos que los animales tengan cualidades moralmente relevantes. Sólo cuando nos planteamos que “algo” posee una consciencia, comenzamos a preocuparnos por su bienestar, y a empatizar con él como “alguien” (Bastian et. al., 2011).

Negar la capacidad de sentir, o la habilidad de las vacas para recordar, es la vía para censurar una consciencia y reducir nuestra disonancia cognitiva sobre el consumo de carne. Experimentos psicológicos demuestran cómo esta negación de la mente/consciencia de otro nos ayuda a resolver la “paradoja de la carne”.

En una investigación de la Escuela de Psicología de la Universidad de Queensland (Bastian et. al., 2011), se pidió a los participantes a consumir un pedazo de embutido o un anacardo, como parte de un estudio de mercado. Luego, se les pidió indicar a todos los animales que ellos pensaban que eran dignos de consideración moral. Por último, se les pidió mirar una foto de una vaca y ponderar las capacidades mentales del animal.

Los participantes que eligieron consumir embutido, manifestaron la creencia de que menos animales eran dignos de consideración moral y adjudicaron menos capacidades mentales a la vaca, en comparación con los participantes que escogieron comer un anacardo.

Con el fin de demostrar que la negación de capacidades mentales de los animales es algo que hacemos para justificar específicamente el consumo de carne, los psicólogos realizaron un estudio diferente. En esta ocasión, se pidió a los participantes que escriban un breve ensayo acerca de dónde proviene la carne. A un grupo de participantes se le dijo que recibiría un trozo de carne de vaca o cordero después de escribir el ensayo, mientras que a la otra mitad de participantes se le dijo que recibiría una manzana.

Mientras se preparaban platos y cubiertos para entregar los alimentos, se les preguntó si estarían dispuestos a ayudar con una tarea diferente. Se facilitaron unas imágenes de una vaca o un cordero, y se solicitó a los participantes que calificaran las capacidades mentales de los animales. Se encontró que quienes creían que iban a tener que comer carne negaron en mayor medida las facultades mentales de los animales, que aquellos participantes a quienes se adjudicó comer una manzana.

Somos responsables

El uso de los animales a menudo se describe como algo natural, necesario e inevitable (Plous, 1993) y las investigaciones en Psicología muestran lo persistentes que somos en la búsqueda de justificaciones para alimentarnos de animales. La carne forma parte de una cultura culinaria en casi todos los países de Occidente, y los seres humanos hacemos todo lo posible para proteger nuestra cultura y nuestros hábitos, pues son parte de cómo nos definimos a nosotros mismos.

Sin embargo, estamos cada vez más preocupados por qué ponemos en nuestras bocas, y si bien podemos disfrutar el comer carne, nos perturba la idea de comer seres con consciencia. Recordar los balidos de un chuletón o el llanto de un jamón es volver a convertir “algo” en “alguien”, y ésta parece ser una clave en promover elecciones de alimentación más compasivas con los animales.

Cuando nos damos cuenta que incluso hemos creado palabras para denominar de manera inocua a un cadáver mutilado (“carne”), comenzamos a comprender que el consumo de animales no es simplemente una cuestión de ética personal. Es también el resultado inevitable de un sistema opresivo profundamente arraigado. Un sistema que no sólo ha esclavizado a los animales, sino que también nos ha manipulado para consumir en ignorancia e incluso, en contra de nuestros propios valores fundamentales, como el respeto y la igualdad.

Somos responsables. Y los animales nos necesitan. Necesitan que dejemos de ver separaciones donde no existen. Necesitan que también nos veamos a nosotros mismos como seres compasivos y con corazón, y que miremos a otro de nuestra especie como alguien que puede ser parte de una solución. Cuando vemos al otro como un igual, coma carne o no, tenga piel, pelos, plumas o escamas, somos la mayor amenaza para un status quo especista, autoritario e injusto, porque vemos otra verdad: La verdad de que todos los animales son alguien, alguien con su historia, con una madre, alguien que siente. La verdad de que tú y yo, todos, somos animales.

(1) He elaborado esta idea basándome en el fenómeno psicológico de “degradación de la víctima”, estudiado por Melvin Lerner y Carolyn Simmmons. Los hallazgos de Lerner y Simmons y estudios posteriores muestran una fuerte tendencia a denigrar a las víctimas cuando estas son inocentes, y más aún, cuando nosotros somos en parte responsables de su sufrimiento. Desde la idea de que “el mundo es justo”, el sufrimiento del más débil se tolera bajo la creencia de que la víctima obtiene lo que merece, justificado en su debilidad de carácter o pocas habilidades (Lerner & Miller, 1978)

 

Referencias

Adams, C. 1991. La Política Sexual de la Carne: Una Teoría Crítica Vegetariana y Feminista. Madrid: Continuum.

Bastian, B., Loughnan, S., Haslam, N., & Radke, H. R. (2011). Don’t Mind Meat? The Denial of Mind to Animals Used for Human Consumption. Personality & social psychology bulletin XX(X). 1-10.

Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford, CA: Stanford University Press.

Iacub, M. 2011.  Confessions d’une mangeuse de viande. Paris: Fayard.

FAO. 2006. Livestock’s Long Shadow. Environmental Issues and Options. Roma: Author.

Lerner, M. J., & Miller, D. T. (1978). Just world research and the attribution process: Looking back and ahead. Psychological Bulletin, 85(5), 1030–1051.

Plous, S. 1993. The Role of Animals in Human Society. Journal of Social Issues , 49 (1): 1-10.

18 Comments to “Amar a unos y comer a otros”

  1. Diana 4 octubre 2013 at 10:03 PM #

    No podemos seguir siendo parte de un consumismo desmedido justificando nuestra manera de alimentarnos haciendo a un lado el sufrimiento y dolor al que son expuestos miles de animales

    • Daniela 9 octubre 2013 at 10:46 AM #

      De acuerdo, Diana! Gracias por visitarnos.

  2. esther patiño moreno 5 octubre 2013 at 12:24 AM #

    muchas gracias por tan buena informacion yo soy vegetariana no me fue facil pues crecimos con esta cultura pero nunca es tarde para amar a esos seres vivos que forman nuestro planeta y que si nos damos cuenta la salud de muchas enfermedades mejora uno es mas sano creanlo lo digo por experiencia pienselo ya no hagamos mas daño !!!

    • Daniela 9 octubre 2013 at 10:06 AM #

      Así es Esther! A veces no es tan fácil, y por eso hemos creado http://www.HazteVegetariano.com ;) Te recomiendo que la visites, allí encontrarás un mundo de recetas, consejos e información interesante para comer rico y haciéndole bien a tu cuerpo, al planeta y a los animales. Un abrazo!

  3. oriana 5 octubre 2013 at 2:49 AM #

    mil gracias!!! este ilustrativo, explicito y educativo texto, servirá para que muchos hagan consciencia y también dejen de atacar a los veganos como extremistas!!! gracias!!!!

    • Daniela 9 octubre 2013 at 10:04 AM #

      Me alegro que te haya sido útil :) Saludos!

  4. Lucía Lüscher 5 octubre 2013 at 11:42 PM #

    Gracias por este maravilloso y muy interesante artículo. Estoy totalmente de acuerdo. Un afectuoso saludo. lucia

    • Daniela 9 octubre 2013 at 10:02 AM #

      Gracias por tu tiempo e interés, Lucía!

  5. Manuel 7 octubre 2013 at 2:54 AM #

    Una pregunta, ¿Las plantas sienten? porque si es así, estás cometiendo con las plantas exactamente los mismos tratos “injustos” que fácilmente acusas a los carnívoros de cometer, es muy fácil juzgar hechos que consideramos ajenos, no por ello tenemos más razón, a menos que seas una planta, necesitas de otros seres vivos y probablemente con conciencia para sobrevivir, al comerte una lechuga estás matando a un ser vivo, quieras aceptarlo o no, si quieres alimentarte de cosas sin vida tendrás que comer piedras.

    ¿Niegas entonces la capacidad de las plantas para sentir?

    • Daniela 9 octubre 2013 at 10:02 AM #

      Manuel, gracias por tu interés. En la actualidad, no hay razón alguna para creer que las plantas sienten dolor, ya que carecen de sistema nervioso central, extremidades nerviosas y cerebro. Se teoriza que la razón principal por la cual los animales tienen la habilidad de experimentar dolor es como forma de defensa propia. Si usted toca algo que le duele y que lo podría lastimar, aprenderá del dolor que ello produce para dejarlo en paz en el futuro. Ya que las plantas no se pueden movilizar y no tienen la necesidad de aprender a evitar ciertas cosas, esta sensación sería superflua.

      Desde el punto de vista psicológico, las plantas, son completamente diferentes de los mamíferos. A diferencia de las partes del cuerpo del animal, muchas plantas perennes, frutas y vegetales pueden ser cosechadas una y otra vez sin resultar en la muerte de la planta o árbol.

      De todas maneras, si estamos preocupados por las plantas, una alimentación sin animales sigue siendo preferible, pues la mayor parte de los granos y legumbres producidos hoy en día son utilizados como alimento para el ganado. Cuando las vacas deben consumir 16 kilos de vegetales para “convertirlos” en un kilo de carne, al comer plantas directamente, estamos salvando muchas más vidas de plantas y destrozando menos el planeta.

  6. Manuel 11 octubre 2013 at 3:40 AM #

    En realidad, las plantas experimentan cambios químicos en su organismo al experimentar eventos traumáticos, sobre si son equivalentes al dolor de un animal no hay un consenso científico, pero evidencia una reacción al evento, consistente con cierta clase de sentido de protección, por lo tanto se podría afirmar que también sufren, pero mi punto no era ese, mi respuesta era dedicada al hecho irrefutable de que para sobrevivir como ser humano, necesariamente tendrás que tomar la vida de otros seres vivos, y todos son seres sensibles, la ausencia de sistema nervioso central no te hace ignorante del entorno, existe gran variedad de animales sin sistema nervioso central y no por ello no experimentan su entorno, pero si cualquier animal desea permanecer con vida, tendrá que tomar la vida de otros seres vivos, así considere que sientan o no, esta fascinación moderna de no causar sufrimiento, sólo causará problemas, el sufrimiento es algo que venimos programados para sentir, la naturaleza es simple y dura en ese sentido, pretender que somos animales herbívoros sólo afectará negativamente nuestro desarrollo evolutivo, el ser humano tiene un sistema digestivo omnívoro, porque requiere de muchos elementos para sostener el costoso sistema nervioso central que posee, y la carne es el modo más eficiente de alimentarlo, una vaca tiene que comer 10 horas al día para alcanzar su pleno desarrollo, un tigre sólo necesitará comer una vez cada 2 días para mantenerse sano, para el humano, prescindir de cualquiera de los alimentos tiene un costo importante en su desarrollo.

    • Daniela 11 octubre 2013 at 10:07 AM #

      Manuel:
      1) Estoy de acuerdo contigo en que las plantas reaccionan e interactúan con el entorno, ¡por supuesto que sí! De otro modo, ¿cómo podrían hacer la fotosíntesis o respirar? Pero no confundamos conceptos: “Interactuar” o “reaccionar” al entorno es diferente a sentir y más distante aún, a sufrir; y los primeros conceptos no son garantías de los segundos. Una ameba reacciona al entorno, pero eso no es prueba suficiente de que posea conciencia de esa reacción. Un “cambio químico” no es sinónimo de “sentir”. Ninguna planta posee nociceptores ni un córtex aunque sea primitivo para justificar con rigurosidad científica que sienten, como sí poseemos los humanos y también los cerdos, los peces y las vacas.
      2) Si las reacciones de una planta son equivalentes o no al dolor de un animal, SÍ hay un consenso científico, y la conclusión es que NO son comparables. Al respecto puedes revisar las investigaciones en neurociencia de Philip Low, de la Universidad de Stanford y del MIT (Massachusetts Institute of Technology). Sin leer la extensa investigación al respecto, creo que para cualquiera -salvo alguna psicopatía-, es muy diferente la experiencia de cortar una zanahoria a cortarle la cabeza a un ternero.
      3) Insisto, si es de tu preocupación la situación de las plantas, aún así es preferible comer plantas directamente que consumir animales. Cuando 1 bistec equivale a 50 tazas de cereales, al comer plantas directamente, estamos salvando muchas más vidas de plantas -y destrozando menos el planeta.
      4) Las necesidades nutricionales de un tigre y una vaca son diametralmente diferentes. Siendo los humanos omnívoros, tenemos la posibilidad de elegir qué comemos. Lo que necesita nuestro cuerpo es proteína (entre otros nutrientes), y existen fuentes variadas que nos ofrecen proteína, más allá de la carne. Justamente, las grasas y proteína animal son, hoy en día, los mismos alimentos que están generando las enfermedades más preocupantes de la sociedad moderna (Insúa & Fuks, 2003; Leonard, 2002), y actualmente, nuestro organismo se adapta mucho mejor a una dieta rica en vegetales (Asociación Americana de Dietética, 2009; Physicians Committee for a Responsible Medicine).

      Todos hemos pisoteado una hormiga accidentalmente y hemos lastimado sin querer. Es cierto, es imposible vivir la vida sin causar algún daño, pero eso no significa que debamos causar intencionalmente un sufrimiento innecesario. Sólo porque podría golpear a un niño, eso no me autoriza a causarle un sufrimiento a propósito, menos aún si es innecesario.

      • Xabier Mendizabal 22 diciembre 2013 at 8:57 PM #

        Pues yo, hace muchos años, ví en televisión un experimento que un científico hizo con una planta. Colocó unos sensores de ultrasonidos en la planta, y a continuación acercó unas tijeras para simular que le cortaba el tallo. Cada vez que ponía el frío metal sobre el tallo de la planta, esta reaccionaba emitiendo una serie de ultrasonidos a modo de “gritos””miedo””terror” o algo parecido. Creo que una planta, A SU MODO, TAMBIÉN PUEDE “SENTIR ESTRÉS” (cuando el científico acariciaba una de las hojas de la planta, esta emitía unos sonidos más “plácidos”, como transmitiendo menos tensión o satisfacción a su manera. Es evidente que un pollo siente miedo, dolor, angustia. pero…¿Podemos asegurar al 100% que una planta no “siente” a su manera?. Al fin y al cabo, es un ser vivo. Entonces, ante la duda…ALIMENTÉMONOS DEL AIRE.

        • Daniela 22 diciembre 2013 at 9:34 PM #

          Hola Xabier!
          Qué bueno que planteas esta cuestión, pues muchas veces confundimos “ser vivo” con “capacidad de sentir”. El experimento que refieres es una prueba de que, efectivamente, las plantas reaccionan a su entorno, como a cambios de luz (un ejemplo conocido es el girasol), de humedad, de temperatura, de presión, etc. De hecho, los metales (no son seres vivos) también reaccionan a este tipo de eventos, y son respuestas físico-químicas. En el caso de las plantas, se llaman tropismos, y son conocidos los tropismos a la luz, a daño en hojas o reacciones químicas de las plantas al tacto.

          Pero reaccionar física o químicamente no es lo mismo que sentir. “Sentir” (y sufrir) implican una experiencia. Una experiencia es un estado en una conciencia, es darse cuenta de una vivencia de dolor, placer, miedo, tristeza, alegría, disfrute, etc. Por lo tanto, es inapropiado hablar de “sentir” cuando no existe ninguna experiencia, y no podemos hablar de experiencias de la materia que carece de conciencia.

          Es cierto, las plantas, como nosotros, son seres vivos. Pero a diferencia de nosotros o en contraste con un cerdo, ninguna planta posee neuronas, y menos nociceptores ni un córtex aunque sea primitivo para justificar con rigurosidad científica que sienten. No podemos afirmar que las plantas sientan si en ellas no hay indicios de que exista conciencia alguna. Ante “la duda” que planteas y a partir de la cual concluyes que nos alimentemos del aire, te invito a revisar las últimas investigaciones en neurociencia de Philip Low, de la Universidad de Stanford y del MIT (Massachusetts Institute of Technology).

          Sin leer la extensa investigación al respecto, creo que para cualquiera, es muy diferente la experiencia de cortar una zanahoria a cortarle la cabeza a un perro. Si alguien es capaz de hacer ambas cosas sin perturbación, me preocuparía… Asesinar a un ser que siente y con quien podemos tener un vínculo es un grave síntoma de enfermedad mental.

  7. judith 21 octubre 2013 at 7:02 PM #

    Gracias por tan bella y conmovedora discusión. Soy vegana y aunque mi esposo y yo compartimos la misma dieta, no compartimos la misma filosofía. Él cree que otros animales no son iguales a los animales humanos y que es posible comerlos siempre que sea “responsablemente” y que tengan una “vida digna” (happy cows). Luego de una de esas largas conversaciones llegamos a una conclusión. No es que los animales (humanos y no humanos) tengan derecho a la vida o no, sino que tienen el derecho a no ser torturados, despojados de el cuerpo que les pertenece y utilizados como un objeto. Quisiera saber si puedes incluir alguna discusión sobre el concepto de “vida digna” y como puede ser aplicado a animales humanos y no humanos.

    • Daniela 8 noviembre 2013 at 12:30 PM #

      Muchas gracias Judith por tu comentario! Para mí, una reflexión sencilla y fundamental, es tratar a otros como me gustaría que me traten a mí. No me gustaría que me asesinen sin más, y creo que a mis hermanos, o a mis hijos (si los tuviera), tampoco lo quisieran. No podría consentir que maten a mi gato, que lleva una vida feliz, porque a alguien le apetece comer carne, aunque me recompensaran económicamente por ello. Y en la industria ganadera, aún en la ganadería tradicional, eso es lo que sucede: Todos los animales son asesinados cuando alcanzan su máximo aprovechable y sufren el estrés y el miedo, asociados al manejo, transporte y matanza de sus compañeros y la propia. Viajan largas distancias hasta el matadero, deprivados de agua o comida, hacinados y maltratados.

      Yo me sentí más cómoda consumiendo leche de una vaca que no habría estado tanto tiempo encerrada, es cierto. Pero luego me pregunté ¿por qué le estaba privando a un ternero de su alimento? ¿Quién soy yo para quitarle el alimento que naturalmente le da su madre? ¿Quiénes somos nosotros para disponer de la vida de otros animales? Si una granja no trata mal a las gallinas, ¿qué hace con ellas cuando no son rentables? ¿Las adopta como animales de compañía hasta que mueren de viejas? Son empresas, que buscan beneficio económico. Y bajo esa premisa, lamentablemente, esas gallinas no tienen un final feliz, y tampoco los pollos recién nacidos (machos) -como no sirven para poner huevos, muchas veces son sencillamente arrojados a un contenedor. ¿Para qué comemos animales si ni lo necesitamos, es un desastre ecológico e imponemos sufrimiento y muerte a otros?

      Él lo dice más claro: http://www.youtube.com/watch?v=_ovKtFVL384

  8. Barbara 22 diciembre 2013 at 12:01 AM #

    Hola Daniela, tengo 20 años y desde muy pequeña siempre quise ser vegetariana, pero nunca consegui el apoyo que quería, ni tenia la informavion necesaria, pero ahora si la tengo y gracias a personas como tu no me desanimo y sigo con mi meta de ser vegetariana y de no seguir sintiendome , ni siendo culpable de muertes atroces y crueles de los animales. Muchas gracias de verdad.

    • Daniela 22 diciembre 2013 at 9:42 PM #

      Hola Bárbara!
      Gracias por compartir tu experiencia y por abrir tu corazón a los animales. Al comienzo, tampoco me fue fácil dejar de comer animales, y lo que me resultó más difícil, fue que otros comprendieran mi decisión… Poco a poco descubrí un mundo de recetas fáciles y sabrosas, y me encontré con otra gente preocupada por alimentarse de una manera más amorosa para el planeta, los animales, y para nosotros mismos. Ellos me dieron el impulso que necesitaba, y se los agradezco tanto.
      Puedes descubrir ideas en la comunidad de http://www.HazteVegetariano.com, te la recomiendo!
      Saludos!


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