Amar a unos y comer a otros

¿Por qué nos genera tal rechazo la idea de comer perro, pero nos parece apetitoso comer un bife de chorizo? ¿Cómo podemos sentirnos tan indignados por la caza de ballenas, sin dejar de disfrutar de un pollo con patatas fritas?

¿Por qué ni siquiera nos planteamos estas preguntas? ¿Por qué algunos animales parecen merecer nuestra preocupación y consideración y otros, mucho menos? ¿Por qué tantas personas nos las hemos arreglado para comer tanta carne, y a la vez, defender tan fácilmente la vida de un perro o un gato?

La manera en que consumimos carne se está convirtiendo en un grave problema. La industria de la carne tiene secuelas significativas para la Tierra, en comparación con otros alimentos mucho menos costosos para el planeta. La industria de la carne, por citar algunos datos, representa el 18% del total de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y es la principal responsable de la deforestación de bosques y selvas a nivel mundial (FAO, 2006). Pero a medida que la población humana va creciendo en número, y mientras aumentan cifras del PIB, el consumo de carne tiende a ir, cada vez, en aumento. En países donde la carne fue, alguna vez, un alimento de cierto lujo, ahora es el componente central de muchos platos.

Y la forma en que producimos la carne entra en serio conflicto con nuestro amor por otros animales. Para atender a la demanda de carne, la producción industrial es cada vez más cruel. Buscando obtener la mayor cantidad de leche, carne y huevos, de la forma más rápida y barata posible, vacas, terneros, cerdos, gallinas, pavos, patos, gansos, conejos y otros animales, subsisten encerrados permanentemente en jaulas de alambre y metal, sin poder siquiera voltearse. Alimentados con hormonas, medicados y alterados genéticamente, los animales permanecen inmovilizados y hacinados para engordar rápidamente y cumplir en pocos meses la talla/peso que los vuelva aptos para «consumo humano». Luego, les espera un tortuoso viaje al matadero, y de ahí, a nuestra mesa.

La paradoja de la carne

Todos sabemos de dónde viene la carne, y cada vez más personas están conociendo qué hay detrás de esta industria cruel y voraz para el planeta. Pero la seguimos consumiendo. ¿Qué tan destructiva tiene que ser una preferencia culinaria para que nos decidimos a comer otra cosa? ¿Cómo seguimos comiendo carne?

Mientras la mayoría de la gente disfruta de la compañía de animales y en países como Argentina y Chile más del 70% de los hogares acoge a algún animal (Millward Brown, 2011); al mismo tiempo, el consumo de carne de otros animales es cosa habitual. Es decir, amamos a unos, pero comemos a otros. Esta contradicción es lo que investigadores en Psicología Social han denominado  la “paradoja de la carne” (Bastian, Loughnan, Haslam & Radke, 2011).

Comer algunos animales (y no otros), genera una disonancia cognitiva, es decir, un desajuste y tensión entre lo que hacemos, pensamos y/o sentimos (Festinger, 1961). Para aliviar esa tensión, necesitamos una excusa, y entonces, elaboramos la creencia de que los animales usados para consumo (a diferencia de los animales de compañía) carecen de facultades mentales, por lo tanto, no pueden pensar o ser conscientes de su dolor o vivir estrés. De esa manera, estos animales realmente no sufren y sería éticamente admisible su consumo.

¿Por qué nos indignó la noticia del consumo de perro y no nos inmutamos por alimentarnos de una vaca? ¿Cómo somos capaces de cuidar y amar a unos y, sin remordimiento, comer a otros? Simplemente, no hacemos la conexión. Olvidamos el vínculo entre la carne y los animales. No pensamos en lo que ocurre con la carne antes de llegar a nuestra mesa, o las calidades de vida de los animales de los que se extrae. Y esta separación no es cosa tan difícil, pues estamos acostumbrados a ver carne por todas partes -restaurantes, supermercado, tiendas- pero rara vez tenemos contacto con esos animales en vida. Es más tranquilizador, para nuestra conciencia, conformarnos con la imagen bucólica de los animales que ilustran las cajas de leche.

Negamos la masacre, la sangre y el sufrimiento. Y en eso, nos ayuda el lenguaje. La misma palabra “carne” reprime a un Otro: oculta y niega a un ser vivo. Con “filete», “chuleta” o «bife», el animal pierde identidad: se vuelve invisible y anónimo. Deja de ser un ser vivo para convertirse en una cosa. No vemos el cuchillo y la sangre, no oímos los gritos de terror y dolor, y nos resistimos a entender lo que significa para un animal no querer morir (Iacub, 2011). Carol J. Adams (1991) habló del “referente ausente” para aludir a la separación del consumidor de la carne del animal y al animal del producto final. La función del referente ausente es mantener nuestra “carne” separada de la idea de que ésta fue alguna vez un animal, evitar que ese ser sea visto como alguien, como un ser con consciencia. Así, se puede comer jamón (carne de cerdo) o un chuletón (carne de vaca) sin pensar en los cerdos ni en las vacas.

Samuel, ternero rescatado de la industria lechera por el Santuario Gaia.

Samuel, ternero rescatado de la industria lechera por el Santuario Gaia.

“Hay animales que son para comer”

Pero olvidarse de dónde proviene la carne no siempre es posible. Incluso, al ir a comprar carne, es fácil que nos encontremos con imágenes de vacas para publicitar la parte del animal que estamos comprando. Pero aún con estos recordatorios, no nos cuestionamos mucho más cómo llegó esa carne a nuestras manos.

Tenemos que resolver la paradoja. Y para eso, nos contamos historias. Las más comunes son las de (i) la necesidad de comer carne (Plous, 1993) y (ii) la degradación de los animales. Para ser aceptable, la muerte del animal debe parecer ante nuestros ojos como un hecho  inevitable por ser “necesaria” para nuestra salud y supervivencia. Abundan los discursos populares de que “necesitamos comer carne para vivir”,  “comer carne te hace fuerte”, “si no comes carne, te vas a enfermar » o “comer carne es natural”.

La segunda salida es degradar a los animales(1) y tranquilizarnos  pensando que, después de todo, la naturaleza es cruel (Iacub, 2011). Cuestionamos que los animales tengan inteligencia y capacidad de pensar, y desde allí, negamos que los animales tengan cualidades moralmente relevantes. Sólo cuando nos planteamos que “algo” posee una consciencia, comenzamos a preocuparnos por su bienestar, y a empatizar con él como “alguien” (Bastian et. al., 2011).

Negar la capacidad de sentir, o la habilidad de las vacas para recordar, es la vía para censurar una consciencia y reducir nuestra disonancia cognitiva sobre el consumo de carne. Experimentos psicológicos demuestran cómo esta negación de la mente/consciencia de otro nos ayuda a resolver la “paradoja de la carne”.

En una investigación de la Escuela de Psicología de la Universidad de Queensland (Bastian et. al., 2011), se pidió a los participantes a consumir un pedazo de embutido o un anacardo, como parte de un estudio de mercado. Luego, se les pidió indicar a todos los animales que ellos pensaban que eran dignos de consideración moral. Por último, se les pidió mirar una foto de una vaca y ponderar las capacidades mentales del animal.

Los participantes que eligieron consumir embutido, manifestaron la creencia de que menos animales eran dignos de consideración moral y adjudicaron menos capacidades mentales a la vaca, en comparación con los participantes que escogieron comer un anacardo.

Con el fin de demostrar que la negación de capacidades mentales de los animales es algo que hacemos para justificar específicamente el consumo de carne, los psicólogos realizaron un estudio diferente. En esta ocasión, se pidió a los participantes que escriban un breve ensayo acerca de dónde proviene la carne. A un grupo de participantes se le dijo que recibiría un trozo de carne de vaca o cordero después de escribir el ensayo, mientras que a la otra mitad de participantes se le dijo que recibiría una manzana.

Mientras se preparaban platos y cubiertos para entregar los alimentos, se les preguntó si estarían dispuestos a ayudar con una tarea diferente. Se facilitaron unas imágenes de una vaca o un cordero, y se solicitó a los participantes que calificaran las capacidades mentales de los animales. Se encontró que quienes creían que iban a tener que comer carne negaron en mayor medida las facultades mentales de los animales, que aquellos participantes a quienes se adjudicó comer una manzana.

Somos responsables

El uso de los animales a menudo se describe como algo natural, necesario e inevitable (Plous, 1993) y las investigaciones en Psicología muestran lo persistentes que somos en la búsqueda de justificaciones para alimentarnos de animales. La carne forma parte de una cultura culinaria en casi todos los países de Occidente, y los seres humanos hacemos todo lo posible para proteger nuestra cultura y nuestros hábitos, pues son parte de cómo nos definimos a nosotros mismos.

Sin embargo, estamos cada vez más preocupados por qué ponemos en nuestras bocas, y si bien podemos disfrutar el comer carne, nos perturba la idea de comer seres con consciencia. Recordar los balidos de un chuletón o el llanto de un jamón es volver a convertir “algo” en “alguien”, y ésta parece ser una clave en promover elecciones de alimentación más compasivas con los animales.

Cuando nos damos cuenta que incluso hemos creado palabras para denominar de manera inocua a un cadáver mutilado (“carne”), comenzamos a comprender que el consumo de animales no es simplemente una cuestión de ética personal. Es también el resultado inevitable de un sistema opresivo profundamente arraigado. Un sistema que no sólo ha esclavizado a los animales, sino que también nos ha manipulado para consumir en ignorancia e incluso, en contra de nuestros propios valores fundamentales, como el respeto y la igualdad.

Somos responsables. Y los animales nos necesitan. Necesitan que dejemos de ver separaciones donde no existen. Necesitan que también nos veamos a nosotros mismos como seres compasivos y con corazón, y que miremos a otro de nuestra especie como alguien que puede ser parte de una solución. Cuando vemos al otro como un igual, coma carne o no, tenga piel, pelos, plumas o escamas, somos la mayor amenaza para un status quo especista, autoritario e injusto, porque vemos otra verdad: La verdad de que todos los animales son alguien, alguien con su historia, con una madre, alguien que siente. La verdad de que tú y yo, todos, somos animales.

(1) He elaborado esta idea basándome en el fenómeno psicológico de «degradación de la víctima», estudiado por Melvin Lerner y Carolyn Simmmons. Los hallazgos de Lerner y Simmons y estudios posteriores muestran una fuerte tendencia a denigrar a las víctimas cuando estas son inocentes, y más aún, cuando nosotros somos en parte responsables de su sufrimiento. Desde la idea de que “el mundo es justo”, el sufrimiento del más débil se tolera bajo la creencia de que la víctima obtiene lo que merece, justificado en su debilidad de carácter o pocas habilidades (Lerner & Miller, 1978)

 

Referencias

Adams, C. 1991. La Política Sexual de la Carne: Una Teoría Crítica Vegetariana y Feminista. Madrid: Continuum.

Bastian, B., Loughnan, S., Haslam, N., & Radke, H. R. (2011). Don’t Mind Meat? The Denial of Mind to Animals Used for Human Consumption. Personality & social psychology bulletin XX(X). 1-10.

Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford, CA: Stanford University Press.

Iacub, M. 2011.  Confessions d’une mangeuse de viande. Paris: Fayard.

FAO. 2006. Livestock’s Long Shadow. Environmental Issues and Options. Roma: Author.

Lerner, M. J., & Miller, D. T. (1978). Just world research and the attribution process: Looking back and ahead. Psychological Bulletin, 85(5), 1030–1051.

Plous, S. 1993. The Role of Animals in Human Society. Journal of Social Issues , 49 (1): 1-10.

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