Razón y corazón: ¿Para quiénes defendemos a los animales?

En muchas ocasiones, ha llegado a mis oídos el estereotipo de que los activistas por los animales somos rígidos fanáticos, que condenamos y juzgamos como monstruos a quienes consumen carne y respondemos con rabia y llanto ante hechos de maltrato u otras tragedias que afectan a las víctimas que defendemos.

Lamentablemente, hay dosis de realidad en esta caricatura. Gran parte del activismo por los derechos de los animales es reaccionario: Nos enteramos de un hecho desfavorable, nos escandalizamos, perturbamos, queremos protestar, gritar e incluso insultar  a quienes causan sufrimiento a otros seres.

La indignación es justa. Y la protesta pública contra un hecho o idea rechazable no es nada nuevo. Este tipo de acciones es útil y necesario para poner sobre la mesa un problema público y mostrar desaprobación social ante el mismo. Si bien así no se resuelve el problema, se hace visible. La denuncia pública permite llamar la atención sobre un asunto de interés colectivo y apelar a los responsables a dar explicaciones y hacer algo al respecto.

Sin embargo, por lo general, ésta es una estrategia que no aborda directamente la raíz del problema, ya sea porque el evento rechazado ya ha ocurrido irreversiblemente y/o porque tampoco se proponen o exigen medidas plausibles o alternativas viables. Es entonces que la protesta, sin propuesta, y sólo motivada desde la queja, no siempre nos conduce a los resultados que quisiéramos.

En muchas ocasiones, el activismo de la protesta-queja está motivado por el deseo de satisfacer una emoción personal. Varias veces, son acciones orientadas a permitirnos el placer del desahogo y superar la impotencia, o resolver otra emoción particular como la rabia o la frustración. Este activismo a menudo nos aleja de las posibilidades de generar un cambio deseable, pues busca satisfacer a los activistas y más que incidir en quienes no han tomado posición en relación con nuestra causa.

Entonces me pregunto: ¿A quiénes dirigimos nuestra voz por los animales? ¿Por quiénes deberíamos ser escuchados para tener más impacto? ¿Por la gente ya activa o por quienes aún no han considerado a los animales en sus vidas cotidianas?

Rafa, activista de AnimaNaturalis, informando al público en la feria Biocultura.

Rafa, activista de AnimaNaturalis, informando al público en la feria Biocultura (Barcelona, 2013).

Desde la esfera del activismo ecologista, Britell (2008) asegura que campañas u organizaciones con nombres propositivos son más motivantes y que entre el 40%-50% del público podría llegar a apoyarles. Libby (1998) también había detectado que uno de los factores de éxito de una campaña de grupos ecologistas de base es su capacidad de comunicar las soluciones y las ventajas de la alternativa[1]. En contraste –continúa Britell (ibid.)- cuando se trata de campañas agresivas, éstas suelen ser, en cambio, más efectivas para atraer la atención de la gente activa.

Si extrapolamos lo anterior al activismo por los animales, llegamos a una conclusión relevante: Convencer a los ya convencidos no cambia el destino de los animales. Y pretender cambiar de opinión a un taurino acérrimo o a cualquiera que deliberada y directamente abusa de un animal, es, en la mayoría de los casos, una tarea agotadora y poco fértil. ¿Quiénes son, entonces, el blanco de nuestras acciones?

Sólo un segmento pequeño del público está decididamente a favor o en contra de la tauromaquia, del uso de animales en entretenimiento o de vestir pieles de animales. La gran parte de la población se comporta neutral e indiferente. Obviamente, resulta más fácil tratar de cambiar las opiniones de personas que no se han decidido. Y ésa es la mayor parte de la población. Para incidir en la opinión pública debemos aplicar formas para que la “mayoría silenciosa” en su estado rudimentario de actitud tome más conciencia y actúe teniendo en cuenta a los animales.

Cuando los animales son legal y culturalmente considerados bienes muebles, propiedades y recursos, pensar que la mera denuncia pública de atrocidades va a desencadenar un cambio espontáneo, es ingenuo. Para cambiar comportamientos, necesitamos proponer comportamientos nuevos, posibles y viables hacia aquella “mayoría silenciosa”. Y por mi experiencia y la de ONG del ámbito social, la mejor opción para lograr transformaciones específicas es a través de campañas proactivas, que implican examinar la disponibilidad de alternativas, conocer dónde y cuándo sería factible conseguir mayor impacto, y recién entonces, avanzar en consecuencia.

Una campaña proactiva demanda mucha más energía, esfuerzo de pensamiento y autocontrol emocional que una campaña reaccionaria.  En lugar de arremeter impulsivamente para condenar a los símbolos más visibles de lo que nos oponemos, una campaña proactiva requiere un análisis detenido para definir la mejor manera de abordar las causas profundas del problema.

Ser consciente de nuestras emociones es especialmente importante a la hora de decidir nuestras estrategias de activismo. ¿Por qué tenemos amnesia de que hasta hace un tiempo atrás también comíamos carne o de que no nos preguntábamos de dónde viene nuestro shampoo? Porque es incómodo ponernos en el lugar del otro, y confundimos comprender un punto de vista diferente con estar de acuerdo y con la complacencia.  Porque tener en cuenta a los animales está tan imbricado con cómo nos definimos a nosotros mismos, que nos es difícil tomar distancia emocional y examinar con ojo crítico cómo defendemos a los animales. Como activista, ¿estoy dispuesto a manejar mi rabia o voy a permitir que mi rabia me dirija? ¿Soy activista para expresar mis ideas o para incidir en las decisiones que toman otros? ¿Estamos dispuestos a poner los intereses de los animales por delante de nuestros deseos de expresión personal?

Por responsabilidad ante la grave situación que padecen los animales, la pregunta que debemos hacernos no es qué es lo que quiero hacer o qué me gustaría decirle a alguien que maltrata a un animal. La clave es reflexionar sobre qué va a ser más eficaz para ayudar a los animales. Si nos negamos la posibilidad de dialogar empáticamente con otros que aún no han tenido en cuenta a los animales, no sólo perdemos nuestra capacidad transformadora; peor aún es que cerramos la puerta a cambios concretos y definitivos que salven vidas. Los perjudicados, entonces, son los mismos de siempre: los animales.

REFERENCIAS

Britell, J. (2008). Grassroots organizing. A case study of “zone defense”. ( En línea). The Wilderness Papers. http://britell.com/wild/wildindex.html (consultado: 10 de diciembre de 2012).

 Cialdini, R. B., Demaine, L. Sagarin, B. J., Barrett, D. W., Rhoads, K., & Winter, P. L. (2006). Managing social norms for persuasive impact, Social Influence, 1, 3-15.

Libby, R. (1998). Why Do Expressive Campaigns Succeed and Fail? A Review Essay on Eco-Wars: Political Campaigns and Social Movements. Nueva York: Columbia University Press.

 


[1] Según Cialdini (2006), el mensaje ideal es aquél que informa de que la gran mayoría de la gente sigue la conducta “buena” (social proof), pero incluye un reproche moral claro de la conducta negativa.

8 Comments to “Razón y corazón: ¿Para quiénes defendemos a los animales?”