Persuasión y comunicación para activistas I

Defender a los animales es comunicar e influir para provocar cambios en la sociedad. Si no conseguimos comunicar efectivamente nuestras propuestas por los animales, las campañas que abanderamos terminarán muriendo de apatía, desinterés y frustración. 

¿Debemos exponer imágenes explícitas de maltrato de animales para obtener atención del público o eso provocará rechazo de nuestra audiencia? ¿Por qué la mayoría de la gente da cuidados y cariños a su gato, pero no duda en comerse una vaca? En definitiva, ¿cómo cambiar la manera en que habitualmente tratamos a los animales?

Si estuviéramos en una ciudad desconocida, no conduciríamos un coche sin antes obtener direcciones. De la misma manera, no podemos esperar que cambie el comportamiento de la gente sin entender cómo son: es decir,  si queremos influir en otras personas, tenemos que saber cómo funcionan.

Una de mis primeras lecciones como activista fue comprender la importancia de mi aspecto personal y darme cuenta que no sólo importa el qué decía, sino también el cómo. Y que una nefasta primera impresión era una oportunidad perdida para dar a conocer a otros la realidad de los animales y cómo ayudarles.

En mis comienzos, con un grupo de activistas, solíamos repartir folletos mal fotocopiados en las afueras de algún local de comida rápìda. Hacíamos guardia a la clientela con carteles por la abolición de la carne, y muchos de mis compañeros gritaban “¡asesinos!” a los comensales y trabajadores del local. Sin duda tuvimos impacto… causando risa, y en la mayoría de los casos, rechazo y hasta enfado por un por molestarles durante su comida y emplear un tono culpabilizador. ¿Ése era el efecto que queríamos?

Claro que no. Éramos el perfecto estereotipo del activista encolerizado, tan impactado por la matanza de los animales en las granjas industriales, que ha olvidado que hasta hace poco también comía carne. Si los gritos de “asesinos” no eran suficientes, los cabellos teñidos y colecciones de piercings de algún compañero eran un buen complemento para terminar de asustar a las señoras más conservadoras del público y llamarnos locos tal vez con alguna razón. En ese momento, ni mis amigos ni yo no pensábamos en cómo nuestro aspecto podría afectar la capacidad de persuasión de nuestro mensaje.

Poco después, acabé mis estudios en Psicología y estaba buscando mi primer trabajo profesional. Era difícil, pues debía convencer a un posible empleador de que a pesar de no tener experiencia, era una persona capaz, seria y confiable. Así es que para ir a las entrevistas, no dudaba en peinarme y cambiar las habituales zapatillas deportivas por un par limpio de zapatos. ¿Y por qué no hacía lo mismo por los animales? Pues también se trata de convencer a otros, de que mi mensaje sea influyente y confiable, ¿no?

El cuidado de nuestro aspecto y cómo nos vestimos está estrechamente ligado a nuestra identidad personal. Por eso nos cuesta tanto cambiarlo. Aunque estemos dispuestos a “hacer cualquier cosa por los animales”, muchos no hemos querido ceder a un corte de pelo para defenderlos… aunque sí lo haríamos para conseguir un puesto laboral.

Abandonar un aspecto de nuestra propia identidad –como los pantalones raídos de siempre- para ser más eficaz en la defensa de los animales puede ser difícil para algunos. Por ejemplo, puede ser particularmente difícil cuando se es miembro de una subcultura que tiene su propio estilo de vestir. En este caso, un cambio de apariencia no sólo significa abandonar parte de la propia identidad, sino que también abandonar símbolos y significantes sociales de pertenecer a un grupo social (ver más en Tajfel & Turner, 1986). Un joven punk que deja su habitual peinado, las botas y parches en la ropa por pantalones de color caqui y una camisa, probablemente será más eficaz en convencer a la opinión pública, pero también se sentirá alejado de sus compañeros punks que quizás lo mirarán con recelo. Quizás ya no se “siente” punk y tenga la sensación de que una parte de lo que era se ha perdido. Así fue que me tomó un tiempo arreglar mi pelo y dejar la apariencia de hippie por ropa más convencional.

Sí, es injusto que tengamos que modificar nuestros gustos en moda o peinado, porque la gente tiene prejuicios en contra de otros que se ven diferentes a ellos (Tajfel, 1969). Después de todo, ¿no es un problema social en sí mismo juzgar a las personas por su apariencia? Sea o no injusto, la realidad es que los prejuicios existen y seguirán existiendo durante mucho tiempo más. Si no alteramos nuestra apariencia por un aspecto más cercano para aquellos que estamos tratando de influir, no vamos a estar peleando una batalla: vamos a estar luchando en dos al mismo tiempo, y lo más probable es que perdamos ambas.

La difícil opción, pero simple práctica de alterar nuestra apariencia no disminuirá nuestra calidad de vida de manera importante, pero en realidad puede significar una diferencia de vida o muerte para los demás animales.

 

Referencias

Tajfel, H. (1969). Cognitive aspects of prejudice. Journal of Social Issues, 25, 79-97.

Tajfel, H. & Turner, J. C. (1986). The social identity theory of inter-group behavior. En Worchel, S. & Austin, L. W. (eds.), Psychology of Intergroup Relations. Chigago: Nelson-Hall.

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